Mucho se ha hablado últimamente de leyes Biden-Sinde, Hadopi, ACTA y otras propuestas, a mi parecer y al parecer de muchos, dantescas. Casi todos somos los que intentamos mostrar que lo que hace falta es un cambio de modelo, incluyendo un mayor respeto hacia la ciudadanía y las libertades individuales y colectivas. Pero está claro que aunque todos veamos que algo tiene que cambiar, y que los pasos que se han dado últimamente no son los correctos, pocos (casi nadie, de hecho) son los que han propuesto ideas realmente efectivas.
Hace relativamente poco tiempo aparecieron las licencias Creative Commons, que aunque han convencido a la mayoría de los consumidores, en el caso de los creadores podemos hablar solo de una pequeña minoría. Más tarde, o un poco antes, o casi al mismo tiempo (no voy a perder tiempo investigándolo) aparecieron los movimientos de crowdfunding, la idea consiste en financiar a los creadores antes (y no después) de la concepción de sus obras sin que estos perdieran los derechos. Este segundo punto ha sido un gran avance en la dirección correcta, aunque sigue siendo útil solo para una minoría. Cabe decir que como mínimo se ha ensanchado el círculo.
Poco más tarde (en serio, no me juzguéis si cambio el orden de algún suceso, tengo poco tiempo para investigar) empezaron a aparecer tiendas de música online, hoy en día tenemos iTunes, Amazon (que vende música, y libros, con DRM...) y algunas otras que soy incapaz de recordar, es lo que tiene la maquinaria publicitaria, quien se la puede costear consigue perdurar en nuestras mentes. Los avances continuaron, hoy en día ya tenemos plataformas de streaming de audio (de pago o gratuitas según se acepte oír publicidad o no) como Spotify (que también permite comprar archivos individuales con canciones), o plataformas de streaming de vídeo, como Hulu o Netflix. En el caso de los libros Amazon se ha hecho un gigante, tristemente se vale del DRM para mantener su dominio, aunque por suerte ha dado un paso permitiendo la compartición de libros entre conocidos (durante un tiempo de 14 días), le sigue Barnes & Nobles y otras pequeñas editoriales con un menor poder publicitario.
Ahora empieza lo bueno, Spotify tiene problemas para entrar en los Estados Unidos de América, y Hulu y Netflix lo tienen difícil para entrar en Europa, en concreto en España ¿aquí nadie huele a proteccionismo desmesurado?
Después de ver qué es exitoso y qué no, y teniendo en cuenta las necesidades del pueblo y de la industria cultural, un servidor se aventurará a indicar algunos puntos:
- El streaming debería ser considerado seriamente por la industria cultural (de contenidos multimedia) como un modelo de distribución de sus contenidos que les permita obtener ingresos sin que suponga un coste altísimo para el consumidor. Si al usuario le resulta más fácil acceder al contenido legal que al pirateado es claro que estará dispuesto a pagar una cantidad razonable por ello.
- Sin embargo, la excesiva centralización es peligrosa. Que todo el contenido se sirva vía streaming puede hacer que, a conveniencia de las productoras, haya contenidos que desaparezcan para siempre si deciden no retransmitirlos, así pues, deberían coexistir los canales de streaming con tiendas online, y aquí va el siguiente punto.
- Que los contenidos vendidos a través de Internet tengan DRM sienta mal al consumidor. Que no se pueda compartir un archivo de audio igual que antes se podía compartir un libro es dantesco para quien paga por eso. Es claro que existe el riesgo de que el archivo acaben en una red P2P y las ventas decrezcan de forma rápida. ¿Qué hacer entonces? Pues una buena idea podría consistir en incrustar información sobre el comprador en dichos archivos, mediante mecanismos esteganográficos (gracias a José Manuel Alarcón por la idea), e informarle de este hecho. Además, el comprador debería aceptar un contrato en el que se indicase que puede compartir el archivo siempre y cuando no lo ponga a disposición del público general mediante mecanismos P2P o descarga directa. Teniendo en cuenta que se podría identificar al comprador, asumir el riesgo de vulnerar el contrato deja de ser atractivo.
- Debería fomentarse el crowdsourcing, dar a conocer este mecanismo de financiación entre los creadores, artistas y no artistas, y también, obviamente, entre los consumidores. Cuando digo esto me refiero a intentar potenciarlo a nivel institucional.
- Debería fomentarse también a nivel institucional la venta y el streaming a través de Internet, no a base de subvenciones y más subvenciones, sino a nivel legislativo. Si se quiere promover la cultura, apretar un poco las tuercas a la industria cultural para que mueva ficha no estaría de más.
- Debería promoverse la financiación privada por encima de la pública, es decir, promover la excelencia en la creación. Aunque soy consciente de que el gusto popular puede distar mucho de lo que podríamos llamar "excelencia", el que una obra no guste a nadie tampoco es síntoma de haber hecho las cosas precisamente bien. Deberíamos parar de crear "estómagos agradecidos" y fomentar la competitividad (os aseguro que no soy capitalista, pero no creo que se equivoquen en todo). Lo explico en parte en el siguiente punto.
- Las obras financiadas en su totalidad mediante fondos públicos deberían pasar al dominio público en un período más breve que las obras financiadas en su totalidad mediante fondos privados. De hecho, sería justo que la extensión del período de explotación comercial fuera relativamente proporcional al porcentaje de capital privado invertido (añadiendo una constante de tiempo mínimo para permitir el lucro en caso de ser una obra totalmente subvencionada, hay que tener en cuenta que el oficio creativo generalmente no permite ingresos constantes).
[Actualización] Nótese que con estas medidas no hace falta criminalizar las tecnologías P2P, ni los enlaces, ni establecer mecanismos administrativos que anulen las libertades individuales, incluyendo la tan importante libertad de expresión, etc.
En el momento de acabar de escribir esto el PSOE y el PP han pactado aprobar la Ley Sinde, es triste, muy triste, pero aun así creo que se podría alzar algún tipo de plataforma ciudadana que proponga cambios importantes a la actual legislación española y sirva, de paso, para retirar la tristemente famosa ley.
Tengo la sensación de que todo lo que he dicho ya ha sido comentado por muchos, no sé hasta qué punto alguien lo ha unificado todo en algún tipo de propuesta tangible. La mayoría de cosas que he leído son solo manifiestos, ideas sueltas. Sea como sea, intentaré que esto llegue un poco más lejos de lo que acostumbra a ir, a ver si consigo que alguien con un poco más de peso lo respalde...