Si alguien me preguntara cual es mi mayor pasión, cual es mi debilidad, qué es aquello que nunca dejaría de lado, diría, tal vez después de pensarlo mucho, pensar.
Por pensar no me refiero al mero acto de buscar soluciones a problemas mentales, lógicos, matemáticos, o de la vida real; no quiero decir planificar, ni tan siquiera pretendo señalar al hecho de entender, ni establecer relaciones causales entre hechos y todo aquello que nos encontramos en la vida. Quiero decir todo eso y mucho más.
Pensar es todo lo anterior, pero también aprender, crear, disfrutar de la belleza que nos rodea, ya sea ésta en forma de notas musicales sueltas, poemas, imágenes, sonrisas, contacto humano, olores, o también en formas que se esconden tras la inescrutable estructura de la lógica y el universo.
Pensar es una parte imprescindible de nuestras vidas, es algo que ya hacíamos incluso mucho tiempo antes de ser conscientes de ello. Lo que pensamos es, a nuestro entendimiento, aquello que nos identifica, aquello que hace que seamos nosotros mismos y no nos podamos comparar con quien tenemos delante. Pero aunque para nosotros, nuestras ideas, nuestros sentimientos y nuestras sensaciones sean algo precioso, casi nuestra seña de identidad, o directamente, nuestra identidad, nos encontramos frecuentemente con que a ojos de los demás no somos eso, somos el feo o el guapo, el delgado, el fuerte o el gordo, la rubia, el pelirojo, el o la que hizo tal o cual. Y debemos comprenderlo, ni nosotros mismos somos capaces de pensar cada una de las personas que nos rodean como aquello que hay en su interior, porque a nuestros ojos resulta invisible.
Y es que nuestras ideas, sentimientos y sensaciones no son sólo nuestra identidad, también son, en cierta medida, nuestro tesoro más preciado. Por eso mismo vigilamos constantemente, ya sea consciente o inconscientemente, para evitar exponer demasiado eso mismo que nos identifica. Difícilmente sale a relucir lo que realmente somos ante la mirada de los demás. Protegemos nuestro verdadero ser constantemente, hasta el punto de, en muchos casos, perder la capacidad para transmitir aquello que tenemos dentro nuestro a otra persona.
A veces sobran las palabras, pero son muchas más las veces en las que éstas nos faltan. Sin duda alguna, todo el mundo podrá recordar algún momento de su vida en el que haya sufrido incomprensión, y posiblemente también, impotencia, al darse cuenta de su imposibilidad para transmitir aquello que sentía. En estos momentos tendemos a pensar que el que nos comprende no lo hace porque no nos escucha, o porque es un desalmado, o alguien totalmente insensible.
El caso es que probablemente, aunque en muchos casos realmente pueda ser cierto, nos estemos equivocando al focalizar la causa del problema de incomprensión en nuestro interlocutor. Desgraciadamente la mayor parte del sufrimiento no atribuible a causas naturales no viene dado por la maldad, sino por la incomprensión y la estupidez, y la especie humana no anda escasa de ninguna de las dos cosas.
Así pues, es muy probable que lo que esté pasando en realidad es que no transmitimos bien aquello que queremos decir. No siempre existe solución para ello, porque la mayor parte de las lenguas tienen bastantes limitaciones y nos obligan a omitir matices constantemente, o incluso, a limitar nuestro propio pensamiento... pero no todo está perdido. En realidad, aun teniendo en cuenta las limitaciones de la lengua, tenemos un gran abanico expresivo que en multitud de ocasiones desaprovechamos, casi siempre porque ni tan siquiera lo hemos intentado.
Y es que hace falta práctica, uno tiene que aprender a transmitir sus ideas y sentimientos más complejos antes de conseguirlo, y para ello solo caben la práctica y la reflexión como medios eficaces. No hay panaceas. Uno de los grandes impedimentos que tenemos a la hora de hacer ésto es, por un lado, que no acostumbra a haber nadie para que nos guíe, y menos aun, nadie que nos escuche. Nos escucharán si hablamos un lenguaje común que ellos mismos conocen, nos escucharán si lo que decimos entra dentro de su campo de interés. Pero dado que todos tenemos nuestros pequeños mundos interiores, y estos pueden llegar a ser muy bastos, no podemos esperar que los demás centren su atención en el nuestro de buenas a primeras.
Afortunadamente la especie humana (presumiblemente) se hizo un regalo a sí misma: la escritura. Y qué gran regalo! La escritura es una herramienta formidable a la hora de plasmar aquello que pensamos. Se me ocurre que sería también un formidable instrumento para practicar, para aprender a transmitir nuestras ideas antes de llegar al punto de encontrar a alguien dispuesto a escucharlas.
Es importante escribir por muchísimas y variopintas razones. En primer lugar nos permite guardar recuerdos a buen recaudo, y a salvo de los fallos de nuestra imperfecta memoria. Cuando leemos esos textos que escribimos antaño no solo recordamos aquello que estábamos viviendo en aquel momento, también podemos rememorar qué pensábamos, e incluso ver cómo hemos evolucionado en términos de estilo, lo más seguro es que a medida que pase el tiempo vayamos descubriendo mejores formas de decir las cosas.
Escribir también nos ayuda a ordenar las ideas, a aclararlas, a despojarlas de ambigüedades y confusiones que pueden hacer que nos sintamos, en cierta medida, incómodos. Nos ayuda a precisar nuestros pensamientos, y a aprender a hacerlo. Esclarecer nuestro pensamiento no es nada baladí, nos permite tener una mayor armonía y concretar nuevas y mejores ideas. Es una gran ayuda para perfilar intuiciones y acabar de darles forma, para, en definitiva, hacer avanzar a nuestra psique a través de la confusión inherente al mundo que la envuelve constantemente.
Como estudiante de matemáticas que soy he recibido algunas pequeñas lecciones por parte de profesores que he tenido, todas ellas en forma de comentario al que no se le da importancia, pero con una gran carga significativa. El primer consejo fue "dadle un nombre a todo aquello con lo que vuestra mente tenga que tratar", es sin duda una sugerencia a tener en cuenta, es más fácil manipular un solo símbolo que un complejo entramado de conceptos. En el ámbito de la escritura esto se traduce a ampliar nuestro vocabulario, a buscar formas breves y concisas de redactar, incluso, mucha veces, a inventar nuestras propias palabras, en definitiva, a ser creativo. La segunda recomendación sin duda la mayoría de vosotros la hayáis oído alguna vez: "cuando tengáis una idea, escribidla, nunca se sabe cuando tardará en ser olvidada, y menos aún, cuando volverá".
La escritura es un medio perfecto para transmitir conocimiento a grandes distancias, ya sea en el tiempo o el espacio. Y no solo conocimiento, también sentimientos, emociones, y todo aquello que realmente nos hace sentirnos vivos. Es, en definitiva, algo que puede servirnos para ser ante los demás los que somos ante nosotros mismos, un camino a seguir si se quiere aprender a transmitir la esencia de nuestro ser sin exponerlo por completo.